¿Qué estreno de esta semana ver?
Esta semana son nueve las películas que llegan a nuestras pantallas, pero un servidor sólo ha podido acudir a los pases de prensa de dos de ellas (bueno, mentira, acudir quizá quiera decir apetecer). Las películas que se estrenan son 50 hombres muertos, 2012, Cuento de Navidad, El viaje de la tortuga, Eloise, Negro Buenos Aires, Partir, Triage y Tritones (más allá de ningún sitio). Y yo al igual que Pilar Rubio me he vendido al capital (aunque por un millón de euros como para no hacerlo) y he visionado únicamente los dos blockbusters de la semana, los cuales no podrían diferir más intenciones…. ¿Pasa lo mismo con el interés real que suscitan en el espectador 2012 y Cuento de Navidad? Os invito a descubrirlo.
Hay tal cantidad de películas que apuestan por una amenaza que va a acabar con el planeta en el que vivimos que
seguramente si hoy dice Obama que el mundo va a irse a tomar por saco, muchos simplemente nos sentaríamos en Internet a ver como en twitter nos va actualizando sobre los progresos del Bruce Willis (ya que va a salvarme alguien mejor que sea alguien que mole) de turno para salvarnos. Por eso uno empieza a creer un tanto innecesario que películas como 2012 busquen refugio en una explicación científica que suena muy elaborada pero que a buen seguro podría desmontarse en cinco minutos si tienes conocimientos en el tema (no es mi caso, así que opté por creérmelo y punto). Lo que interesa es que el planeta se va al carajo, así que muéstrame escenas espectaculares y no te vayas por los cerros de Úbeda. El problema es que 2012 no sabe jugar bien sus cartas. Hay multitud de escenas apabullantes donde uno puede dejarse epatar por los efectos especiales y ahí viene la primera pega: Son demasiadas. Últimamente en cierto tipo de películas parece que existe una ansiedad por ofrecer el espectáculo más grande jamás creado y eso equivale a largometrajes con duraciones delirantes para lo que ofrecen que o se repiten, o acaban aburriendo al espectador o son tan malas desde el primer momento que su metraje las convierte en una tortura doble. En el caso que nos ocupa es que llega un punto (aproximadamente a partir del minuto 90 de películas) en el que uno ya no quiere ver más olas gigantes, explosiones o lo le haya parecido al guionista que podría ser una forma molona de destruir cosas. Lo bueno si largo a veces descubrimos que en realidad nunca fue bueno.
El otro gran problema de 2012 es que la saturación que realiza mediante efectos especiales y duración se extiende también al número de personas que pueblan la película. No es sólo que sean demasiados, sino que bastantes cumplen una función tan minúscula en la función que la empatía con el público es cero. Además, se van presentando a multitud de ellos a costa de interrumpir el avance narrativo y, claro está, por lo general para incluir algún chascarrillo gracioso (el de la madre china reconozco que tiene cierta efectividad). Afortunadamente hay dos personajes que destacan positivamente: Uno de ellos es el chiflado locutor radiofónico interpretado por Woody Harrelson (el cual, por cierto, también está genial en Zombieland, donde tiene otro rol un tanto excéntrico), el cual opta por desmelenarse y así consigue caer simpático al público. Cumple además una función relevante en el avance de la historia, así que estupendo por partida doble. El otro es el multimillonario y rechoncho ruso. En realidad la película no sabe muy bien si pretende que nos caiga bien o mal, pero sus frases hechas en ciertos momentos funcionan la mar de bien como alivio cómico. Por lo demás, corrección (siempre tomando como base el nivel interpretativo de este tipo de películas) anodina, lo cual contribuye a que la multitud de escenas dramáticas presentes en la película provoquen poco más que indiferencia. Si acaso salvaría la de los músicos vejetes, pero sin un gran entusiasmo. La verdad es que no hay mucho más que merezca la pena comentarse sobre 2012, que cumple su función de fast food cinematográfico con discreta solvencia salvo que uno se pare a cebarse en la multitud de fallos que la película tiene, pero que comparte con muchas otras de esta categoría. Y es que ojalá todas las grandes superproducciones pudiesen contar con directores como Christopher Nolan por detrás, pero por cada uno como él nos encontramos mínimo con diez como Roland Emmerich.
Mucho más familiar es lo que nos propone Cuento de Navidad, la enésima adaptación de la novela de Charles Dickens, pero en esta ocasión con el uso del 3D, ese invento que se supone va a salvar el mundo del cine, pero que a mí, a falta de ver Avatar (esa película que apenas ha costado 500 millones de dólares de nada entre presupuestos y gastos de publicidad y que está por ver si realmente merece la pena), empieza a parecerme un poco sacacuartos. Cierto que ayuda a crear una sensación de profundidad con bastante eficacia y que favorece el resaltar pequeños detalles (la nieve en el caso que nos ocupa), pero en el caso que nos ocupa surge un nuevo problema que nunca entenderé: ¿Qué sentido tiene rodar una película animada con actores reales y que los personajes sean reflejos lo más fidedignos posibles de la realidad más que el buscar un lucimiento un tanto inútil? Además, es especialmente molesto porque aunque los personajes son más o menos identificables con los actores reales, la expresividad de los mismos queda un tanto limitada, pues únicamente el interpretado por Jim Carrey realmente cumple su cometido en ese aspecto. No obstante, esto reconozco que es bastante prejuicioso por mi parte, con lo cual mejor dejarlo en esto y hablar de la película en sí misma.
No me apetece extenderme demasiado con el comentario de Cuento de Navidad, así que iré directo al grano: Es una historia muy obvia, que si bien incluye algún pequeño detalle lúgubre (que acalló momentáneamente a la multitud de chavales de la sala que les encantaba comentar la jugada) también opta por lo (casi) ñoño en otros. Indiferencia viene a ser lo que despierta en el espectador (aunque los niños parece que disfrutaron bastante, aunque habría que saber si fue por ir al cine en lugar de a clase ese día), pues seguramente ha debido estrenarse un mes más tarde de lo que llega, porque los centros comerciales se empeñan en que las Navidades comiencen cada vez antes, pero muchos eso nos despierta cualquier antónimo que queráis usar para disfrutable. Hay que concederle a la película que no aburre y que visualmente tiene sus aspectos de interés básicamente por su versión en 3D (no verla así creo que simplemente no merece la pena). Vamos, que no mejora a 2012.
En definitiva, ninguna de los dos films son gran cosa ni merecen que vayáis corriendo al cine a verlos. De hecho, si os decidís a arriesgaros con alguno de los otros cinco estrenos quizá suene la flauta y os encontréis con una muy buena película, pero quizá no o tal vez simplemente queráis algo con pocas pretensiones con lo que simplemente pasar el rato. En ese caso, ya sabéis lo que hay: Excesiva destrucción del mundo con multitud de muertes pero nada de sangre o blandita (pese a escenas muy puntuales no aptas para todos los chavales) historia de corte navideña. En cualquier caso, todo muy previsible y ahora ya no hace un calor que nos funda las neuronas y aceptemos lo primero que nos pongan con tal de no morir derretidos. Mi recomendación: Si no habéis visto aún Celda 211 recuperadla este fin de semana y si ya la habéis visto quedaos en casa y dadle una oportunidad a alguna película del montón de ellas que tenéis pendientes.



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